El otro día en clase de Hematología estábamos viendo el tratamiento de las leucemias. La casi totalidad de quimiotérapicos utilizados provocan esterilidad, es por ello que a los pacientes se les ofrece la posibilidad de conservar los espermatozoides o los óvulos para un posterior protocolo de fecundación in vitro y transferencia de embriones en caso de deseo de embarazo.
En muchos casos la solución no es tan simple como parece, ya que este proceso de conservación necesita tiempo (sobre todo en el caso de la mujer) y tiempo es lo que en en ocasiones nos falta. Pongo como ejemplo el caso de una leucemia aguda con hiperlinfocitosis severa (>100G/L) que conlleva un muy alto riesgo de leucostasis cerebral. En este caso, lo que menos tenemos es tiempo. Otro ejemplo válido sería el de una LAM de predominio promielocítico, que lleva asociado un alto riesgo de CID.
Podemos pensar: es una situación de tal urgencia que ningún paciente se va a poner a meditar si quiere o no quiere tener descendencia, lo que quiere es que le salves, y le salves ya. No olvidemos que no tratamos enfermedades, sino enfermos, y que cada paciente es un mundo. En todo caso, hay que informar al paciente de los efectos del tratamiento que vamos a iniciar, como parte del proceso de consentimiento informado.
En el caso en el que el paciente acceda al tratamiento de forma clara y rápida, no hay conflicto alguno. El problema se plantea en dos casos. El primero de ellos es el paciente que tiene claro que no quiere comenzar el tratamiento hasta que no se haya asegurado la posibilidad futura de descendencia. El segundo, el paciente que no sabe lo que hacer.
Aunque ambos tienen su miga bioética, quiero centrarme en éste último, dado que es el que más frecuentemente preguntará al médico: "Doctor, ¿qué hago?". Ante esta pregunta tenemos varias posiciones:
- La paternalista: decir al paciente que no conserve sus gametos y que inicie el tratamiento que tratará de salvarle la vida, de forma amable pero contundente y empezar el protocolo.
- La de mero informador: informar al paciente sobre los riesgos que corre, esgrimir argumentos estadísticos y dejarle tomar la decisión, sin participar de ese proceso.
- La de informador y consejero: informar al paciente sobre los riesgos que corre, pero haciéndole ver de forma clara que si quiere salvar su vida, o al menos, intentarlo, debe de iniciar el tratamiento, tratando de guiarlo hacia esa decisión, pero siempre respetando, en último término, su voluntad.
En mi opinión la tercera opción es la más válida. La relación médico-paciente es, por necesidad, asimétrica. No le podemos pedir a un paciente que es albañil, agricultor, ingeniero, o profesor que tome en soledad una decisión de tal calibre. No se lo podemos pedir porque no tiene la visión que otorgan seis años de carrera, cinco de residencia y en algunos casos, muchos de experiencia.
El respeto a la autonomía del paciente es una actitud de escucha, de toma en consideración verdadera del paciente, de respeto de sus decisiones. No es el abandono afectivo y extracientífico del paciente.
¿Cuál es vuestra opinión?
Imagen: frotis sanguíneo mostrando precursores linfocíticos en un paciente con Leucemia Linfoblástica aguda.
Fuente: Wikipedia

La 3ª opción, como se dice en el post. En realidad no creo que nadie disienta de eso, es lo lógico.
ResponderSuprimirCreo que la 3ª opción es la más adecuada, aunque no creo que haya que guiarlo hacia una decisión, creo que hay que favorecer un clima en el que el paciente pueda expresar todas sus dudas o incluso sus miedos. Es cierto que a veces no hay tiempo casi ni para pensar, porque está en juego la vida, pero desde el punto de vista de la bioetica creo que hay que tener muy en cuenta los valores del paciente porque lo que a muchos nos parecería un suicidio, para el paciente puede ser de vital importancia.
ResponderSuprimirPor otra parte, aunque hoy se habla mucho de la autonomía del paciente, no son pocos los casos en los que el paciente solicita la actitud paternalista en el médico; yo vuelvo a repetir, creo que es resultado del miedo a lo desconocido y a las posibles consecuencias. Se entiende que el médico siempre querrá el bien para el paciente, pero ¿qué es el bien? Lo que el médico entiende como bueno para su paciente no siempre coincide con lo que el paciente desea.